El upa, ¿es bueno o malo?

Sobre el upa hay posiciones encontradas: ¿es bueno o malo para el bebé?

“Si le hacés upa lo vas a malcriar, luego no querrá bajarse” ¿cuántas veces desde que nuestro bebé nació escuchamos esta frase?

El upa es una forma de contención tan importante para nuestro bebé que se vuelve imprescindible. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando aún se está acostumbrando a los nuevos estímulos que lo atemorizan y es en los brazos de las personas cercanas donde encuentra refugio. Tenemos que tener en cuenta que nuestro bebé salió del útero, donde tenía todo resuelto (no conocía la sensación del hambre, flotaba en un ambiente con temperatura perfecta, los sonidos llegaban atenuados), para pasar a vivir en un mundo lleno de sonidos extraños y estímulos internos (dolores, hambre) y externos (luz, frío o calor) desconocidos.

Cuando se vuelven más grandecitos y avanzan en el manejo del lenguaje para indicar qué necesitan, la upa se vuelve un lugar de contención ante problemas que el bebé no sabe resolver. Es en estos casos estira sus bracitos pidiendo protección ante lo que lo asusta, lo incomoda o sencillamente lo desconcierta.

Durante todo el proceso, es importante evaluar etapa por etapa cuándo es necesario hacer upa o cuándo podemos acompañarlo y hacerle sentir nuestra cercanía sin necesidad de abrazarlo directamente. Sabemos que la upa es un gesto sumamente placentero para padres e hijos por la sensación de cercanía y de sentir que podemos realmente mantenerlo a salvo. Sin embargo, hay un límite donde tenemos que prestar atención y es el del upa como elemento limitante.

El niño tiende naturalmente a explorar el espacio que lo rodea, lo cual es sano y  necesario, aunque implique también que se caerá, se ensuciará y quizás experimente cosas no tan agradables. Sin embargo, es un error tenerlo a upa para que no pase por esto, pues es transmitirle también que el mundo de afuera es hostil y peligroso o que aún no está preparado para experimentarlo. Esto puede mantenerlo a salvo temporalmente, pero a la larga retrasará su evolución natural generando un comportamiento temeroso y dependiente del adulto.

Un niño que recibe el cariño y la contención adecuada irá resolviendo paulatinamente los desafíos, sabiendo que los adultos están allí como apoyo, lo cual también lo volverá un adulto emocionalmente sano.


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